lunes, 27 de noviembre de 2023
Apuntes: El populismo de mercado de Javier Milei
jueves, 12 de mayo de 2022
El pensamiento occidental o el día de la marmota.
APUNTES SOBRE EL LENGUAJE DEL PENSAMIENTO OCCIDENTAL
Por más que uno intente con todas sus fuerzas escapar de ese
imán, mientras más se acerca, se da cuenta que no era un inocente imán, sino un
agujero negro que todo lo absorbe. Nos estamos refiriendo al pensamiento griego
antiguo. Cualquier pensamiento que uno tenga va a tener una réplica en algún pasaje
de estas obras cumbres. Whitehead lo intuyó: “La filosofía occidental es una
nota a pie de página de la obra de Platón”. No hace falta hacer una
argumentación muy compleja para corroborar lo correcta que es esa frase. El lenguaje
filosófico al que cualquier intelectual, pensador, crítico puede acceder está
ya encapsulado en estos trabajos del siglo V. No hay mayor limitador del
pensamiento que el lenguaje. Si sigue siendo exactamente el mismo, sólo queda
la reproducción infinita de las mismas ideas, una y otra vez, con leves
mutaciones o variaciones. Pero la base es la misma.
Se pueden rastrear a pensadores que acepten esta
herencia-limitación y la reproduzcan con orgullo; otros llevan a cabo la reproducción
sin siquiera darse cuenta o reflexionar sobre ello, y otros ponen el grito en
el cielo ante esta problemática, y hacen una cantidad mareante y paranoica de
piruetas a través de las palabras para tratar de escapar a toda costa del campo
gravitatorio. Pero, recordemos siempre, es un agujero negro. Desde el inicio
las cartas ya están tiradas en la mesa. Hasta la noción de crítica se encuentra en los antiguos, cuando Aristóteles se rebela
furiosamente contra su maestro Platón. Entonces ¿Qué hacer? Por lo pronto, dejar de pensar a nuestra civilización
occidental y su respectivo pensamiento como algo dinámico, cambiante y con una
tendencia al progreso. Por el contrario, la occidental es una civilización que
lleva ya más de cinco mil años estancada bajo los mismos preceptos, con algún que
otro retoque. Los supuestamente profundos cambios de cosmovisión y de modelos
socio-económicos que nos marcan las diferentes épocas podrían ser considerados
cosméticos; simples modificaciones en las formas de relacionarse tanto
interpersonalmente como con el estado de cosas natural-artificial. Pero las
bases mismas en las que descansan las reflexiones de antiguos, medievales,
modernos y nosotros, los contemporáneos, siguen intactas, impolutas.
El pensamiento crítico a veces peca de gastar una gran
cantidad de energías en intentar revolucionar
las nociones bajo las cuáles se ejerce dicha actividad. Pero por arriba está el
lenguaje; nuestro lenguaje estancado. Entonces, por descuento, la inutilidad de
los intentos. Son misiles con su pólvora totalmente mojada. Por más fuerte que
sean lanzados, o por más vehementes que sean sus lanzadores –Nietzsche-, la
explosión jamás se va a terminar de concretar.
No existe realmente el hacer exégesis de textos filosóficos
ni derivados de la filosofía –ciencias humanas-. Todos los textos son una
cadena infinita de re-lecturas que siempre vuelven al mismo agujero negro, y,
por lo tanto, siempre son actuales. Lo único que varía es la edad de la
reproducción. Todo texto de esta índole siempre parece ser actual. Aquella
persona que lea un texto clásico, va a sentir que está viviendo el día de la
marmota, y es por esta razón.
Un nuevo lenguaje no puede ser construido por una sola
persona. Es una construcción interpersonal y que se a través de las épocas. No
hay nuevo mesías en un apartado tan complejo de la humanidad. Por eso, el
intelectual tiene siempre que volver a visitar a los textos clásicos, antiguos,
originarios. Y allí se cumple el precepto bíblico. Todo lo que respecte a
pensar se encuentra allí, en cada palabra, en cada pasaje, listo para ser re-interpretado
nuevamente. Y de allí siguen las claves para comprender –pero no cambiar radicalmente-
el estado de cosas actual.
jueves, 24 de marzo de 2022
Alternativismo o introducción al pre-renacimiento
Si hay algo
totalmente nuevo en los últimos 30 años –post caída de la URSS y victoria total
del liberalismo- es tener la certeza de que ya
no hay más desierto en el cuál volverse salvaje, es decir, no queda en el
planeta ningún territorio que no esté dominado por las concepciones básicas del
sistema bocetado por Locke y después perfeccionado por muchas manos a lo largo
del tiempo. No hay ningún lugar donde un grupo desertor pueda exiliarse y
construir nuevamente a partir de nociones radicalmente distintas –si es que pudieron
pasar la difícil barrera de poder crearlas-.
A este
proceso se lo conoce bien y se lo suele llamar globalización: hasta el lugar más oculto e inaccesible del mundo
está habitado por personas, y estas personas tienen los mismos códigos en mayor
o menor medida. Lo particular que tiene este proceso es que presiona
continuamente ya no a algún actor que sea radicalmente alternativo al sistema, sino que basta no cumplir con un solo ítem
de lo que se considera “aplicar el sistema de forma correcta” para ya ser
atacado de forma fría; ya no de forma militar –forma caliente-, sino de forma
económica, política y cultural, en ese orden preciso. A este proceso se lo
podría llamar cercamiento o enclousure. El modus operandi es el
mismo que aplicaron los primeros burgueses capitalistas de la Inglaterra de la
Primera Revolución industrial: Absorber primero lugares y después personas que
funcionen de forma alternativa al
funcionamiento del sistema dominante. Eso fue lo que hicieron –de forma mucho
más bruta- los pioneros ingleses cuando ponían un cerco sobre las tierras
comunales campesinas que todavía funcionaban de manera feudal, decretaban que a
partir de ahora eran propiedad privada y, finalmente, echaban de ahí a los
habitantes, quedando huérfanos tanto económica, como política, como
culturalmente. Estos huérfanos fueron la primera generación de proletarios
modernos; también pioneros.
El cercamiento no es un simple acto, sino
más bien un dispositivo que se fue refinando con el pasar del tiempo hasta
convertirse en lo que es hoy: un dispositivo que sirve para presionar tanto a
personas, como a grupos, como incluso a estados enteros que se desvíen del
guion de “como se tiene que aplicar el sistema”. Todo es cercable, sea material
o sea ideal. Desde un hippie que renuncia a su trabajo y se va a vivir a una
comuna en las sierras, un estado como Venezuela, hasta una ideología distinta como
lo pueden ser el comunismo o el fascismo. El hippie termina teniendo que buscar
un trabajo para conseguir cosas tan básicas como ropa, comida o –novedad- un
celular y un plan de datos para usar redes sociales y publicar post e
historias. Venezuela termina sin poder crear un sistema alternativo, por lo que,
por no aplicar el manual punto por punto, se queda sin recursos, hace agua por
todos lados, y termina cediendo, aplicando la versión más extrema y poco
refinada posible de liberalismo como castigo. El comunismo y el fascismo se
vuelven pseudo-ciencia; caprichos de adolescentes que no entienden cómo
funcionan las cosas o la ideología de los enfermos mentales. Todo aquel que se desvíe aunque sea de forma mínima, tiene como destino ya no ser excomulgado, quedar desarraigado o incluso tener algún tipo de castigo terrible, sino más bien quedar como un animal de zoológico que no sigue la racionalidad humana básica. Algo así como Diógenes el perro viviendo en un barril, escupiéndole a la gente que pasa por la calle.
La
globalización es el cercamiento más grande que se hizo hasta ahora. Un
cercamiento total, que abarca a todas las personas y a todos los territorios
del planeta tierra. Sin excepciones. Es así como Margaret Thatcher se volvió
Parravicini cuando predijo: “No hay alternativa”. Vio el proceso antes de que
empiece de verdad.
Es así
como, una vez cercada la famélica Unión Soviética de Gorbachov, ya no quedó
territorio en el cuál volverse salvaje. Tal cercamiento hace que aparezcas
ideas desesperadas, como las del libertario multimillonario Peter Thiel,
cofundador de Paypal y miembro de la Élite de Silycon Valley, que quiere armar
mega-islas en partes sin dominio de los océanos y que en ellas se aplique un
anarco-capitalismo radical, o algo que se le ocurra en su quemada cabeza.
La
claustrofobia que da el saber que ya no queda espacio alternativo en el planeta
puede tentar a pensar en que la solución sea crear directamente nuevos
espacios; pero el problema no se resolvería, debido a que la posibilidad de
crear estos espacios –sea dominando la vía láctea o creando un nuevo espacio
hiper-real a través de la tecnología de realidad virtual- está al alcance
solamente de la élite actual. O sea, que sería la perpetuación de las bases del
sistema, pero en espacios nuevos y muchísimo más controlados, es decir, una
profundización del sistema y no una emancipación.
¿Cuál es la
solución al gran cercamiento entonces? Pareciera ser algo que nos excede como
personas que se mueven en estos primeros años del siglo XXI. Estamos en una
crisis de creación, principalmente por tratar de interpretar un mundo
posmoderno volátil con nociones de la modernidad más dura y estable. Si Marx se
quejaba de que todo lo sólido se disolvía en el aire allá por la segunda mitad
del siglo XIX, entonces en esta época hasta el mismo se disolvería al tratar de
tomarle apunte al estado de cosas actual. Todo se está desarmando en partes cada
vez más chicas, cuál rompecabezas gigante, y las piezas se unen unas con otras
sin ningún tipo de prejuicio, ni orden, ni coherencia, de forma totalmente
caótica. El tiempo ya no suele seguir la cronología moderna estable y larga de
pasado, presente y futuro, sino que se piensa como un presente continuo en el
que lo que ayer era importante hoy ya ni existe y lo que hoy urge mañana va a
ser algo sin ningún tipo de significado ni peso. El dinero ya no se rige con la
estabilidad del patrón oro, sino que se vuelve dinero fiat que mueve su valor
segundo a segundo y del que no se sabe cuánto va a valer al día que sigue. La
matriz de producción ya no es industrial, material y más o menos sencilla de
entender, sino que es financiera, abstracta, encriptada y de la que
–supuestamente- nadie puede tener control real; un leviatán pero que no está
controlado por nadie. Completando la analogía, lo que antes era una pintura o
una foto terminada y enmarcada, ahora es un rompecabezas en el que todas las
piezas están desordenadas y mezcladas de formas que todavía no se pueden
entender.
Una
sensación de caos que posiblemente sintieron los primeros renacentistas cuando
cayeron los primeros cañones de pólvora sobre Constantinopla. Lo que se conoce
se está empezando a terminar sin vuelta atrás, pero, ¿qué sigue? El
rompecabezas está ahí y lo mejor puede ser abrazar un alternativismo: dejar de querer acomodar las piezas tal como
estaban antes, y ver cómo se están ordenando ahora, qué hay en esas formas
nuevas. Asumir que la modernidad se está yendo, que no va a volver y que algo
nuevo va a venir más rápido de lo que pensamos –si es que la humanidad pasa la
prueba del cambio climático antes-. Resumidamente, saber que más que
seguramente estemos en el mismo lugar que los que vieron a los otomanos
entrando en la capital bizantina, y que en ese momento supieron en el fondo que
el estado de cosas que conocían iba a ser atropellado. Ellos fueron los
pre-renacentistas. Los que hicieron que tuvieron que empezar a pensar en
levantar el guante; y seguramente esta sea una época de levantar el guante.
miércoles, 17 de noviembre de 2021
El siglo de las luces
El siglo de
las luces
Le duelen los
dientes por culpa de ese molesto bruxismo del que sufre, producto de estar todo
el día corriendo de leones imaginarios.
Pareciese un
chiste de mal gusto que su apellido sea Goyena y al mismo tiempo viva en un
sucucho en la calle Pedro Goyena, ubicada en pleno corazón de Caballito. Dicha
calle está repleta de hermosos y tupidos árboles y es lo suficientemente
céntrica como para que las bocinas insoportables y los autos que suben y bajan
atormenten su ya explotada cabeza y alimenten su cada vez más intenso bruxismo.
Aunque en su
mente todo sea vértigo y una constante guerra de nervios contra los leones que
prometen despedazarlo en cualquier momento en el que esté desprevenido, de su monoambiente
lo único que sale es un silencio que desgarra, que corta la respiración. Uno
acostumbrado a ruidos y colores al por mayor, llenando retinas futuramente (o
ya totalmente) miopes y oídos con reducción de la escucha, llega al
departamento de Goyena y se siente desnudo. La oscuridad es casi total
(solamente aparece un halo de luz de la persiana entreabierta que da a la
calle) y el silencio es abrumador, y llena todo el ambiente. Y cuando fue a
visitarlo, López lo encontró ahí, acostado en su cama de una plaza que tiene al
lado de la heladera y un poco más alejada de la computadora. Hacía tres años
exactos que Goyena había decidido quedarse ahí hasta que la muerte lo separe
del mundo, y López le llevó una torta para festejar un nuevo aniversario.
Lo primero que
notó apenas observó a su más íntimo amigo fue lo más evidente: el olor a
quemado y la dentadura por la mitad, también una especie de aserrín dental, o
algo parecido, desperdigado por el piso. Otra víctima más de la epidemia de
bruxismo.
-Te traje un
medicamento para tu problema. Lo están publicitando mucho en la tele y parece
ser que a muchas personas le está sirviendo.
No halló
respuesta de su escuchante.
-Ahí prendo la
computadora y te muestro la publicidad, mientras agarra un pedazo de torta, que
la traje para que comas, no como una decoración.
Siguió hablando
solo, como a una pared. Pero mientras sacaba todos los platos sucios del
escritorio donde estaba la PC y le sacaba el polvo a la CPU para finalmente
prenderla, Goyena se levantó lentamente para aprovechar el regalo de
aniversario. Una torta de siglo con 9 capas de colores y relleno también de
colores. La primera capa, verde con azul con amarillo con violeta con rojo; la
segunda capa, naranja con lila con magenta con celeste con negro; y finalmente
por dentro, un marmolado de verde salmón, marrón, celeste nuevamente, violeta
platinado, rojo, violeta, amarillo, azul, verde, celeste, naranja, amarillo,
rojo, azul, gris, marrón, violeta. Sintió nuevamente leones detrás de él, pero
se esforzó inhumanamente para no rechinar los dientes enfrente de López. Es
bastante estricto con eso y si lo hacía seguro iba a tener que escuchar
reproches y quejas por varios minutos. Siguió prefiriendo el silencio tenso de
su parte. Suspiró y cerró los ojos por unos segundos. El fosfeno lo invadió
hasta el punto en el que no supo diferenciar esa leve molestia de un
desprendimiento de retinas. Abre los ojos nuevamente, está todo en orden. Solo
fosfeno, hace mucho no lo sufría; por el momento no hay que llamar a
emergencias. Suspira nuevamente y extraña su viejo monoambiente de hace media
hora atrás, totalmente oscuro.
-Por fin encontré
esta publicidad de mierda; los algoritmos la esconden. Pareciese a propósito.
-Pareciera.
Estaba por dar
play al video, pero antes López levantó la mirada y vio a su inmóvil anfitrión
con la cabeza gacha, esforzándose por mantenerse sentado, se mantuvo en
silencio hasta que este atinó a mirarlo a la cara
-Estás más
hablador que de costumbre.
Por fin dejó de
posponer la reproducción de la publicidad, que, nos enteramos luego, ganó el
premio Pulitzer de aquel año en el apartado que le correspondía. Dijo la terna
que se encargó de la elección y la entrega del galardón: “Este premio es merecido
y por mucha diferencia. La delicadeza, el decir mucho con poco siempre debe ser
debidamente valorado. Es admirable que, incluso, hayan podido revivir el
movimiento rococó en algo que debería –o pareciera- ser tan poco profundo y
banal como una publicidad. Las pequeñas revoluciones empiezan siempre en el
lugar más insospechado, y creemos que estamos justo en ese lugar”.
Se sintió como un
ataque de muerte a los sentidos; un napalm si fuésemos un poco más viejos; una
Spinning Jenny si fuésemos obreros allá en el Lancashire húmedo y lluvioso de
hace 250 años atrás. La fábrica, las jornadas de 16 horas de lunes a domingo,
la suciedad, 5 chelines que alcanzan solamente para supervivir con lo mínimo
indispensable para no morir de inanición. Pero somos más jóvenes que nunca, y
seguramente tu máxima preocupación sea qué remera vas a usar mañana. Hay más de
15 en tu placar, y cada día se suman más; pero están en desuso. Son Pedazos de
tela que ya están anacrónicos, fuera de moda, moda que pasa cada vez más
rápido.
-La moda está en
un proceso híper- inflacionario- , descubrió Goyena en sus más profundos y
ágiles pensamientos mientras en cámara lenta la publicidad iba apareciendo,
fotograma por fotograma. La remera que tenía puesta anteayer ya está afuera y
tiene que ser guardada en el placar, junto con las, ahora, 17. La moda cambia 4
veces por día últimamente, calculan los más prestigiosos economistas y las más
confiables consultoras.
¿La publicidad?
Una obra exquisita del neo-rococó, de la sutileza, de la sencillez. La música y
las voces en unos 160 decibeles, tan solo colores fluorescentes con énfasis en
el verde, y un solo y claro mensaje “BRUXISMO NO. BRUXISMO NO. ATENCIÓN”. El
logo del medicamento, el logo del laboratorio responsable, 10 segundos de
duración.
Sangre en los
oídos, sintió sangre cayendo de sus oídos. Giró a ver a López, vio sangre en
sus oídos. Sus ojos, llorosos y rojos. Le pidió por favor que se vaya. Le
agradeció, con las pocas fuerzas que le quedaban la torta y la preocupación de
traerle el famoso medicamento (que en estos minutos está siendo el más vendido
de toda Europa Continental). La puerta se cerró y pensó seriamente en tomar una
decisión verdaderamente trascendente de una vez por todas. La solución final,
su salto de fe: cerrar un poco más la persiana y poner paneles acústicos al
monoambiente, para que de esa forma callar las bocinas, por lo menos
artificialmente. Pero primero, secarse la sangre de los oídos, que manchó el
piso y un poco también su nueva remera.
De la luz a la
sombra
Evidentemente, la
estética parece ser una cosa misteriosa –y quizá irracionalmente- importante
para los humanos; y si no, pregúntenle a Mickey Rourke, ex sex simbol devenido
a paria de Hollywood por una cirugía mal hecha; o a las millennials que
estuvieron semanas enteras sin comer, o chupando cubos de hielo, o vomitando en
los baños producto de ataques incontrolables de bulimia para alcanzar los
cánones extremos que aparecieron en esa época más salvajes que nunca. Esa es la
estética obrando en nuestro comportamiento, en nuestras jerarquías, en nuestra
cultura, y, por qué no, en nuestra autodestrucción.
La actividad
estética más trascendente que un humano puede realizar es el arte en todas sus
variantes y profundidades. Un movimiento artístico es mucho más que una simple
formalidad, o un capricho de la teoría o de la catalogación: es una
materialización de una forma de ver el mundo dentro de un período histórico
concreto. Si queremos terminar de pulir el entendimiento de x período de la
historia, más que concentrarnos en las acciones y en la psicopatía de “los
grandes hombres” o incluso en hacer el intento de reconstruir la insípida y
miserable vida de diaria de los humanos de a pie, deberíamos desviar todo el
foco a la revisión de la producción artística de ese lapso; porque en esa
actividad, mitad lúdica y mitad tortuosa de parir una obra de arte, se deja
plasmado el más profundo de los entendimientos de cómo se vive y siente dicha época, o lo que los alemanes llamaron zeitgeist.
En la modernidad
hubo dos movimientos artísticos que definieron a la misma, y que, luego de
finalizado el proceso histórico en el que se desenvolvieron, siguieron
volviendo en forma de reciclaje y turnándose en lo que respecta a ser la forma
generalmente más aceptada de concebir lo artístico: El barroco versus el rococó.
El barroco se
extendió entre el siglo XVI y principios del XVIII, caracterizándose
principalmente por el exceso. Acorde
al zeitgeist de ese momento, todo se sobre-producía, buscando darle la mayor
complejidad y profundidad posible a cualquier actividad artística, en una
especie de búsqueda por la trascendencia, que nuevamente pasaba a estar en
manos del hombre luego de tantos siglos. Desde mediados del XVIII hasta finales
del mismo, surgió un movimiento que era la contra a los excesos del barroco: El
rococó. Un movimiento que tuvo como principal rasgo la sutileza. Dentro del rococó, menos es más. Los colores son suaves,
los temas son mundanos y la actitud que emana de las obras que están dentro de
esta clasificación son livianas y desprejuiciadas. Surgido en Francia, más que
un movimiento artístico, fue una primera rebelión de las burguesías –que años
después iba a hacer la revolución más importante de la modernidad-. Si el
barroco era el movimiento tomado y aceptado por las monarquías absolutistas, el
rococó fue la primera forma realmente efectiva que tuvieron a mano las
burguesías para diferenciarse de sus antagonistas. Antes del surgimiento de
este movimiento, la estrategia era otra y fue fallida: intentar a toda costa
ser y parecerse a la realeza, que
siempre cambiaban las reglas de juego estéticas para dejar en ridículo a los
aspirantes de llegar a ese status. Pero a partir de la aparición del rococó,
los burgueses se dedicaron a construir y reivindicar este gusto propio, en un
deseo de ser ellos ahora los que se diferencian.
Los burgueses
concretaron este proceso de diferenciación con una importante revolución en
Francia, con varias banderas importantes que se enmarcan dentro de lo que es la
ilustración –como por ejemplo el liberalismo, la exaltación de la razón y la
división de poderes-, y también con la fina bandera del rococó, que quedó
plantada de una u otra forma en el marco de la modernidad, no como movimiento
específico, sino como una actitud de reacción a los sucesores del barroco, que
pecan del mismo exceso o incluso buscan superarlo.
Ejemplos de este
proceso cíclico hay muchos y muy variados: Podemos mencionar al romanticismo
como respuesta al neoclasicismo de raíces barrocas; a las vanguardias de
principios del siglo XX como búsqueda de diferenciación ante los excesos de las
expresiones artísticas de la época del imperialismo; a la música punk como
reacción de corte rococó a la música progresiva de principios de los 1970; al
grunge como cachetazo a la estética de los años 1980, y cómo la década de 1990
es enteramente una respuesta a la parafernalia de la anterior.
Pareciese ser que
la concepción y posterior producción del arte de la modernidad está marcada por
la intercalación entre la visión barroca y la visión rococó. Y hay que agregar
otra dimensión importante: Mientras lo barroco se nutre de los juegos lumínicos y de un espectro lo más amplio posible de sonidos, el rococó prefiere presentarse como una reivindicación de los colores rebajados y por una insistencia en los silencios.
Pero estamos
viviendo actualmente en una ruptura muy ambigua de esta dinámica.
Shanzhai
Algo se está
desintegrando en este siglo XXI, y pareciese ser la modernidad. Esta no fue aún
reemplazada ni se la puede considerar para nada un período finalizado, pero sí,
siendo testigo en tiempo real, parece estar en todos lados la sensación de que
está tomando una velocidad que está al borde de escaparse de la compresión humana, que, no perdamos nunca de vista, sigue siendo en
términos biológicos la misma de aquellos cazadores-recolectores que pasaban el
día buscando alimentos y haciendo sociales con no mucho más de 150 personas a
lo largo de toda su vida; procesando muy poca información, en otras palabras.
Este drástico
aumento de la velocidad del proceso está provocando que el mismo se comience desintegrar
debido a ese insostenible ritmo. Y tal como cuando en la física nos acercamos
hacia la velocidad máxima, que es la de la luz, empieza a torcerse lo que
consideraríamos “lógico”, empiezan a aparecer mutaciones y grietas que son
difíciles de comprender con los elementos cognitivos que poseemos, ya obsoletos y defasados
Ejemplos hay
demasiados porque abarcan todo el tejido de lo humano. Uno muy interesante es
como se está viendo una mutación del ciclo estético-artístico típico de la
modernidad.
A fines de los
1990, se estaba experimentando un nuevo proceso con fuertes tendencias
barrocas, con un popular álbum llamado “Ok Computer” de la banda Radiohead como
estandarte. Pareciese que la repentina explosión de las punto com a mediados de
esa década produjo una sensación de inconmensurabilidad, que fue traspasado al
arte en todo tipo de expresiones. Incluso en los logos de las grandes marcas,
en las vestimentas que se usaban, en los videojuegos más demandados de aquellos
años y en el extraño fetiche por los gráficos poligonales típico de aquel momento. Toda expresión artística parecía querer plasmar de una forma u otra la
sorpresa que provocaban las nuevas tecnologías.
Este revival
cíclico del barroquismo empezó a agotarse entre mediados y fines de la primera
década de los 2000. Pero el ciclo parece estar rompiéndose por primera vez desde
que se dio por iniciada la modernidad.
La irrupción
hegemónica de un ritmo extremadamente sencillo como lo es el dembow
puertorriqueño, la llegada del minimalismo como criterio visual generalizado,
el acortamiento cada vez mayor de la cantidad de caracteres que se utilizan en
las producciones literarias y la reducción de los tiempos en las producciones
audiovisuales tendría que ser considerado como un típico advenimiento de la
lógica rococó, pero hay un gran obstáculo: la simultánea aparición del Smartphone
y de las cuatro redes sociales más importantes –facebook, youtube, twitter, Instagram-
El ciclo rococó actual
no termina de ser tal por dos factores: El primero, la presencia totalizante de
los teléfonos inteligentes, que son ante todo una presencia lumínica; una
continua estimulación de la retina que nos deja muy pocos momentos de frente a
la oscuridad o a las luces tenues, condición indispensable para reposar la
mente y producir sutilezas desde la imagen. El segundo, el fin de los momentos
de silencio, generado por la facilidad para acceder a contenidos audiovisuales cortos.
Esta combinación letal hace que ya no haya prácticamente momentos para tener introspecciones,
necesarias para producir arte, y que mucho menos haya un hueco para producir
arte enmarcado dentro del rococó, que necesita de la pausa, del silencio y de
la tenuidad para surgir.
Es así como la
música y los videos son cortos y generalmente sencillos, pero carecen de
silencio y sutileza, apelando a las altas ganancias y compresiones en el sonido
y a los colores saturados en la imagen; excesos ambos. Queda un híbrido: el exceso
del barroco en las formas, la liviandad del rococó en los contenidos, y ninguno
de los dos extremos se termina de completar. Se saturan los ojos y los oídos
sin descanso alguno, pero esto no se traduce en mayor complejidad, sino todo lo
contrario.
Y cada vez este nuevo
y extraño ciclo híbrido se redobla a sí mismo, sin un aparente final, yendo de
la mano con esta aparente etapa final de la modernidad, exacerbada, veloz y
desintegradora, en la cual todo lo que antaño podía contraponerse para mantener
cierto equilibrio ahora se fusiona, generando combinaciones impredecibles. En
lo artístico, la fusión de lo barroco y lo rococó, en China, un arrasador
sistema que fusiona al socialismo con el capitalismo, en la cultura, el pastiche
posmoderno y el cada vez más aceptado Shanzai. Las fronteras se desdibujan, los
colores se mezclan, el ciclo vida-muerte cambia de limitaciones; como dijo un
visionario: “Todo lo sólido se disuelve en el aire”.
El nuevo
mesías
Parece ser
urgente y necesario que surja un movimiento de corte rococó que haga el contrapeso
a tanta complejidad y exceso lumínico y sonoro, y la única solución parece ser
retornar a un hábito que antes era natural y que ni siquiera podía ser omitido
como ahora: Estar en silencio. Retroceder varios pasos y callar. Bajar las
persianas y estar a oscuras. Este pareciese ser el verdadero acto
revolucionario en el siglo XXI, y ya no tomar las armas. O por lo menos, el
primer acto revolucionario que está al alcance de cualquier persona.
domingo, 29 de agosto de 2021
Pedestales (I y II)
Pedestal
I
-Y fue por
eso que rodaban cabezas por todo París y las calles más que calles eran piletas
de sangre. No sé si me explico. En ese momento, los Sans Culotes, que eran como
una especie de ejército auto convocado o del pueblo algo así, le decretaron el
estado de sitio al valor de la vida; la sacaron de ese pedestal estúpido que
tiene como lo más sagrado que existe, como eso que hay que respetar sin
importar qué pase. ¿Y a quién pusieron en la cima? a las ideas, señor. ¡A las ideas!
¡Y durante esos días la imaginación estuvo al poder! Y ni se te ocurra pensar
que me estoy refiriendo a mayo del 68, el fracaso más rotundo que pudo haber
tenido la izquierda en el siglo XX. Me estoy refiriendo al terror jacobino, la
parte más loca, vertiginosa, confusa, violenta y sobre todo ideológica de la
revolución francesa. ¿Nunca viste la imaginación al poder? Si algún día pasa de
vuelta, indefectiblemente va a desembocar en un proceso parecido. Cuando lo
imaginario, lo ideal, el mundo de las ideas llega hasta la cumbre de lo
sagrado, los individuos dejan de ser autómatas miedosos de perder su vida, que
no vale una mierda, sobra del mundo, y pasan a ser más bien polvorines que son
encendidos y tirados con vehemencia por ideas, puras ideas que, ambiciosas, se
multiplican y se vuelven cada vez más agresivas, más fuertes, más vitales. Si
mal no me acuerdo, una vez me dijiste que eras progresista.
-Creo que
lo soy
-Todo lo
que pensás salió de este ambiente que te estoy contando, mientras me miras con
cara de asco. Todas las ideas que rellenan tu cabeza nacieron, se expandieron,
vivieron con total vitalidad sobre las cabezas tapando los alcantarillados, las
guillotinas con sangre seca en los filos, Roberspierre quedándose afónico
después de un discurso encendido en el parlamento para posteriormente terminar
con una bala en la mandíbula. ¡De ahí sale toda la ideología moderna! De uno de
los últimos momentos de la historia de la humanidad donde ese supuesto valor
supremo que es la vida se tomó licencia y le dejó la corona a la imaginación
política. Y una vez que está allí, ésta no conoce límites. Todo es posible, el
cielo es el límite, todo es posible, hasta lo que pareciese ser más insólito.
Todo nos lo merecemos, todo lo queremos, y todo lo podemos tener, y quien me
venga a decir lo contrario o complotar contra mis ideas, que me mate, que
arruine mi cuerpo con cien puñaladas y que me calle, pero mi cuerpo es
solamente un recipiente de pólvora y no más que eso. La pólvora va a encontrar
otro depósito móvil, y va a seguir corriendo. Sí, Marcuse, la imaginación al
poder, Marcuse. Pero nunca te vi dar un manifiesto en público y darte un balazo
en sien, solamente para darle más fuerza y dramatismo a tu discurso, a tus
dichos, y más importante, a tus ideas, tus putas ideas, que tendrían que ser lo
más sagrado de tu corta y mísera existencia. Pero no, Marcuse. No viviste el
terror y sos hijo de tu época. Tu vida es lo más importante, y nada va a
atropellarla, ni siquiera tus palabras, que, como una profecía auto cumplida,
se volvieron un bello recuerdo, una estampita turística del año 1968.
-Nunca te
vi dar tu vida por tus ideas.
- ¡Obvio
que no! Soy hijo de esta época. La vida no se toca desde, mínimo, la segunda
guerra mundial. Tiene sus ventajas. No sé si hubiese sido agradable que un Sans
Culote me hubiese asesinado de un hachazo en la nuca por haberme confundido con
un girondino. Vivir en un mundo donde la preservación de las vidas es casi un
axioma es fácil y reconfortante. Pero jamás te quiero volver a escuchar
quejándote de que ya no hay grandes cambios, grandes revoluciones. Para que eso
pase, el pedestal tiene que ser desocupado, por lo menos por un rato. Y yo no
voy a ser el que haga el desalojo.
Pedestal
II
Las
estupideces que dijo Antonio hace un rato se me fueron rápido de la cabeza por
el absurdo y por esa vehemencia que solamente puede tener un tipo que se bajó
una botella de gin tonic él solo. O eso pensé.
Disfrutando
del cuasi privilegio de vivir en capital, decidí volverme caminando hasta mi
casa, disfrutando una noche primaveral que daba el equilibrio justo: no hacía
ni frío ni calor, la brisa tibia refrescaba mi cara y venía en contra de la
dirección en la que yo me dirigía, y, detalle más importante para mí, todavía
no había mosquitos. ¿Qué representa
el mosquito? El no saber para qué se está en el mundo. Peso muerto. El nacer
para reproducirse y morir, y en el medio, aburrirse, y para tolerar esa
sensación, molestar gente, incluso llegar a matarla. Recuerdo a esos chicos
rusos del martillo. Estaban tan aburridos que mataron a un vagabundo de forma
brutal y lo filmaron, tan solo para divertirse, porque no sabían ya que hacer
para que las horas se vayan. O también aparece en mi cabeza el cuadro del chico
vietnamita aprendiendo a usar un arma, imitando a sus mayores, soldados del
vietcong que lo miran sonriendo, orgullosos al ver a una larva de mosquito
aprendiendo de ellos, mosquitos con uniforme. Más peso muerto. Y finalmente
llego a la esquina donde se inyectan y salen a robar cuando se quedan sin plata
para comprar la próxima jeringa. Podríamos decir que los mosquitos son almas en
pena, que sufren muchísimo su presencia física y que todas estas cosas son
escapes para tratar de llevar ese dolor. Pero en ese trajín, no se produce
absolutamente nada trascendente, elevador, ni siquiera útil para el conjunto
humanidad, y sufren, sufren y mucho. Y está muy mal visto pensar en la muerte
de estos cuerpos, justamente porque hay una protagonista en el pedestal
bloqueando todo el camino alternativo, y es la mismísima vida. La vida está por
sobre todo y no se toca; y esta idea se va a llevar hasta la última
consecuencia, y también va a aplicarse en la miserable vida de un tipo que
violó y mutiló a una mujer, y está pasando sus días en una cárcel común.
La vida en
el pedestal tiene consecuencias. La misma se sobrevalua, hablando en términos
economicistas (nada pareciese haber fuera de la economía). Se dice que vale
infinitamente, pero los cuerpos se preguntan si realmente ese valor es el que
se dice. La ciencia es una locomotora que viaja sin frenar un segundo hacia el
objetivo de la inmortalidad. ¿Queremos vivir hasta los 500 años? La
preservación perpetua de la vida, o sea, la inmortalidad ¿Es un telos que valga
la pena, o más importante, que tenga un sentido? Lo más probable es que cuando
se llegue a ese momento en el cuál la muerte sea tan obsoleta como un vhs, los
primeros humanos eternos sean como los peces del dentista de Buscando a Nemo,
que dedicaron todas sus energías y toda su obra a buscar salir de esa triste
pecera, que no cumple otra función que ser mera decoración, mero peso muerto,
mero mosquito, porque daña la moral de los peces. Y un día, después de
planificar minuciosamente cada detalle técnico, por fin pueden cometer la fuga.
Salen por la ventana del consultorio secundados por bolsas cerradas llenas de
agua, cruzan con cuidado la calle, y se tiran al mar. La liberación está en sus
manos. El telos se cumplió. Pero les faltó la parte más importante:
nunca
pensaron cómo salir de las bolsas de plástico que los protegía en el viaje. Y
entonces, ya sin poder hacer mucho más, uno de los peces pregunta ya con el
terror de la incertidumbre en su cara: “¿Y
ahora qué?” Ese mismo destino les depara a los buscadores compulsivos de
valorizar más y más a la vida.
El gran
problema de la preservación de la vida como valor supremo de la cultura es que
es un fin, pero un fin sin sentido.
El preservar la vida no dota de un sentido relevante a la existencia, hace que
haya un vacío general y que llenar el mismo se haga cada vez más cuesta arriba.
Como una gran burbuja especulativa, mientras más vida, menos sentido; mientras
más se alarga la vida, más difícil se vuelve pensar en qué hacer con la misma.
Por todos lados hay personas que están vivas, pero no saben para qué, y muchos
menos por qué; en otras palabras, gólems:
seres que son materia inanimada (y que quiere permanecer inanimada) pero que
son obligados a animarse por la fuerza y deambulan, llevando sobre los hombros
la mochila de no querer vivir y ser obligados hacerlo ¡y encima agradecerlo! El
mundo de los gólems tiene una taxonomía propia que debería ser profundizada. En
esta clasificación entran un sinfín de personajes, cada uno con sus rasgos
particulares: El hikikomori, Silvia Prieto, el ya mencionado mosquito, entre muchos otros más por
descubrirse.
Y fue
así que puse la llave en la puerta de mi casa, por fin, y mi cabeza volvió a
Antonio reivindicando al terror jacobino. En ese caso fue la ideología radical
de ese sector del pueblo francés la que destronó a la vida de su trono, pero lo
que realmente hay que subrayar no es lo que pasó ahí, sino que la vida como
valor supremo fue desplazada y, no casualmente, hubo un cambio muy profundo en
esos cortos meses de 1793 y 1794. Cambios que tienen ecos hasta el día de hoy,
en lo que pensamos, en lo que decimos y en lo que hacemos.
Vuelvo a
las guillotinas y a Restif de La Bretonne esquivando cuerpos y saltando charcos
de sangre para llegar hasta su hogar, vuelvo a mí haciendo lo mismo, pero en la
total intrascendencia de un camino sin sobresalto alguno. Me convenzo más que
nunca de que de esta época y de nosotros no va a salir ninguna revolución.
domingo, 11 de abril de 2021
La importancia del registro
El deber de aprovechar al máximo la tecnología disponible (los más afortunados de la historia de la humanidad somos de tener una computadora con la misma naturaleza con la que poseemos una lapicera). El deber de dejar atrapado sobre el papel físico o digital el fluir del pensamiento para (por fin) dejar una puta pared levantada. Imagina sino un obrero que, en vez de edificar sin más, se la pasa preocupándose excesivamente por la belleza de su muro. Para embellecer, primero tiene que haber ALGO que embellecer. Es para eso que fue creado el concepto y el trabajo de la edición. No es más que un capricho de la estética. Las ganas de elevar lo más que se pueda ideas rasas; para que se dejen de sentir terrenales y escapen a duras penas del aburrimiento abrumador de lo material y corriente.
Basta entonces de buscar continuamente la obra del siglo. Quizá sea de tu autoría, quizá no, pero sin
muro, nada hay. Toda idea dando vueltas
tiene que quedar sobre el papel, sangrando, sin ningún tipo de pero ni excusa.
Hay que empezar.
Y nunca más perder de vista: Los cuadernos de la cárcel de Gramsci son inentendibles, pero ahí están,
siendo de lo más influyente jamás escrito en su área.


