lunes, 4 de mayo de 2026

Como conjurar demonios

Se vuelve una isla que tiembla pudorosamente ante el poder. Ese mismo pudor que siente ante el más mínimo roce que antes era lo cotidiano. Pedir una pizza por teléfono era cotidiano. Salir de casa por el mero hecho de hacerlo era cotidiano. Cierto dejo de tiempo muerto que hacía que el tiempo vaya a una velocidad exasperantemente lenta era lo normal. Un tiempo circadiano que no destruía las pocas terminales nerviosas que nos quedan y que no nos empujaba a arrancarnos los ojos cual Edipo degradado y completamente desgastado por una sensación de murmullo generalizado. 

Desde el siglo XIX (cuando pareciera ser que el ritmo general de la vida se acelera en contra de la voluntad generalizada de la humanidad) que leemos y escuchamos estos lamentos, una y otra vez, a través de diversas culturas y diversos recursos  literarios y estéticos. Los ejemplos sobran, siendo el pistoletazo de salida aquel terror insoportanble que sintieron aquellos primeros ingleses que vieron acercarse un insoportable monstruo de metal a toda velocidad y con un terrorífico ímpetu. ¿Acaso era un demonio? ¿Una mala idea que corrompe? Un acercamiento de demonio. 

Desde entonces, pareciera que un halo extraño se cimió sobre nosotros. Un halo que se tejía desde hace siglos, incluso milenios atrás, pero que hace exactamente 300 años decidió recubrir la atmósfera cual gas lacrimógeno. Otro acercamiento de demonio. Todo comenzó a desintegrarse más rápido que de costumbre. Las frutas que tenían un largo ciclo, repentinamente nacían crecían y se pudrían ante nuestros ojos, en cuestión de segundos. El pan, aquel pan que tan solo una vez en la historia pudo ser milagrosamente multiplicado, todos los días minuto a minuto se quintuplica. Así como los panes, las vidas, y así como las vidas, las muertes. Todo por igual, todo exponenciado, todo grande. Ese fue y es el efecto del halo. La irrupción de lo exponencial. 

¿De qué templo? ¿De qué oscurísimo conjuro oculto que ignoramos? ¿De qué vigilia milenaria ante algo que creímos perder pero finalmente fue rescatado? ¿Quién fue el artífice de engendrar nuevamente las condiciones para llevar a cabo el ritual de invocación? Pareció venir de todos lados, como un vendaval. No lo vimos venir; nadie lo vio. Pero no hubo un solo poseído ni un solo elemento maldito específico sobre el cual hacer el conjuro. Ya no había conjuro posible sino miedo puro. 

Cronos, Saturno, Baal Amon, Moloch, ¿El capital? El gran icógnito. La cualidad del arquetipo que sabe ocultarse detrás de la realidad y manipularla desde el gran halo. Manipularla para perpetuar un poder terrenal invencible que no tenga ningún tipo de barreras ni ataduras. Nada de normatividades ni axialidades. Sólo un nuevo imparable diluvio y una nueva arca en la cuál solo los cultores que hicieron los deberes para la posesión van a entrar. El resto, bajo el encandilado y claroscuro halo. 

Los demonios expanden el gran halo todo el día, todos los días. En un cartel de publicidad engañosa, en la presión aplastante sobre la carne productiva, en la polarización extrema, en los demiurgos que se multiplican por todos lados, en lo abstracto, en lo virtual, en las familias. Acercamientos de demonios al apenas salir a la calle; en el hogar (si es que lo hay), en la propia mente. Los demonios enraízan e inducen a la mala idea. Aíslan y finalmente, inducen a resignarse y adaptarse a las almas fuertes; nada tienen ya por hacer más que aplastar y violentarse para defender lo muy poco que les queda. A las almas más débiles, solo les queda abandonar esta realidad y ya. Los demonios no distinguen edades ni estatus. Los demonios solo distinguen a unos pocos notables, y el arca es muy pero muy chica. 

Pero presenciamos en vida como los demonios consumieron todo y, completamente ávidos y desquiciados, se dejan de ocultar detrás del halo y salen a la luz. Se presentan formalmente y quieren dar el paso al frente definitivo, incumpliendo el principio básico de ocultarse detrás de la realidad, rompiendo el hechizo. Error de fatal arrogancia. Una vez desvelados, cualquier alma que haya podido aguantar todas las embestidas y quiera vivir una realidad que le sea digna, prepara el conjuro.

El conjuro consiste en algo simple y complejo: Darle la espalda a los acercamientos de demonio. Salir nuevamente a esa calle completamente oscurecida pero ya sin pensarse indefenso contra los embates, sino mirándolos a los ojos, sabiéndose victorioso al final del día. Romper el aislamiento inducido por escuchar todas esas voces. Ver que al lado hay personas atravesadas por el halo, mirar a los ojos no a la persona sino a todo lo que hay atrás. Fijamente y sabiendo que el miedo es completamente inducido. Unir un grupo, unir más y más. De repente, alrededor ya no va a haber una silla vacía, sino compartimento. Y en el horizonte el halo va a ir alejándose, porque una vez cometido el error fatal, ya no tiene nada que hacer. 

A fin de cuentas, el conjuro es comprender que los demonios se alimentan del tiempo. Consumen el tiempo futuro primero, y cuando ya no hay más futuro, devoran el presente. Pero es solo una ilusión. El tiempo es eterno y es nuestro.